La conversión de Monseñor Romero


UN PROCESO DE EVOLUCIÓN

(el faro académico)

Para conmemorar el aniversario de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, el teólogo Michael Lee ofrece a los lectores de El Faro Académico un profundo comentario sobre el significado de la transformación que experimentó Monseñor al ascender al Arzobispado. “Su experiencia de cambio”, pregunta Lee, “¿niega todo lo que hizo anteriormente? ¿Vivió un cristianismo ‘falso’ la mayor parte de su vida?” Michael Lee obtuvo su doctorado en la Universidad de Notre Dame y es autor del reciente libroBearing the Weight of Salvation: The Soteriology of Ignacio Ellacuría (con prólogo por Gustavo Gutiérrez). El Dr. Lee es miembro del Departamento de Teología de la Universidad Fordham en la ciudad de Nueva York.

Por Michael E. Lee / Fotos de Frederick Meza
cartas@elfaro.net
Publicada el 23 de marzo de 2009 – El Faro

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Casi tres décadas después del asesinato del Arzobispo Oscar Romero, cada aniversario ofrece la oportunidad de medir el estatus de su legado. Aunque los científicos sociales desempeñan un papel importante documentando el efecto que tuvo Monseñor en la Iglesia Católica y en la sociedad salvadoreña, los teólogos también tienen algo que contribuir a la evaluación de su legado. Un aspecto de esta evaluación es darle nombre al cambio profundo que experimentó al ascender al arzobispado. Este artículo analiza la manera en que términos tales como “evolución” y “conversión” funcionan tanto para valorar el legado de Monseñor Romero como para apropiar una visión particular de la forma en que debe funcionar la iglesia en la sociedad.

La conversión de un Arzobispo

Al centro de la historia de Monseñor Romero se encuentra el cambio profundo que ocurrió cuando ascendió a la posición de Arzobispo, cambio que algunos llaman conversión. Con el asesinato del Padre Rutilio Grande en marzo de 1977, y con la decisión de Monseñor de llevar a cabo una misa exequial a lo largo y ancho del país, emergió un líder enérgico con palabra valiente en lugar de la voz dócil y conservadora que se esperaba. Aunque los cambios repentinos se prestan a narrativas lineales y dramáticas, la realidad nos muestra que las conversiones son complejas, y éste es ciertamente el caso de Romero. ¿Qué significa decir que un arzobispo de 59 años de edad experimentó una conversión? ¿Qué dice esto sobre su fe, sus acciones, su perspectiva sobre la vida y la iglesia antes y después de lo que llamamos su conversión? Es más, ¿por qué es importante para aquellos que recuerdan su vida muchos años más tarde? Quizás la última pregunta es la que tiene más fácil respuesta. Como cristianos, en El Salvador y en el resto del mundo, al recordar la vida de Monseñor Romero vemos una figura heroica que contribuyó algo significativo a la imagen de lo que significa ser cristiano en el mundo contemporáneo. Fue un mártir y, para muchos, un santo. En consecuencia, preguntar sobre un momento crucial en la vida de esta persona extraordinaria es formular una interrogante más amplia acerca de lo que significa ser discípulo, acerca de cómo ser cristiano hoy.

El hecho de que Romero haya sido sacerdote por décadas antes de su “conversión” da lugar a preguntas que para unos son interesantes y para otros problemáticas. Su experiencia de cambio, ¿niega todo lo que hizo anteriormente? ¿Vivió un cristianismo “falso” la mayor parte de su vida? Para abordar esta inquietud algunos comentaristas han dado en referirse a este cambio como “evolución” en lugar de “conversión”. Esta modificación enfatiza la continuidad del trayecto vital de Monseñor y permite contextualizar su cambio en los períodos previo y posterior a los dramáticos acontecimientos de 1977. Sin embargo, el empleo del término “evolución”, al acentuar la continuidad, también se puede emplear para minusvalorar el cambio dramático que se dio en la vida de Romero cuando llegó a Arzobispo.

Para ver cómo funcionan estos términos, la lectura de trabajos en el campo de la eclesiología, es decir, el estudio de la iglesia y asuntos eclesiásticos, revela un debate paralelo sobre la recepción del Concilio Vaticano II que puede iluminar la comprensión del profundo cambio de Oscar Romero.

Interpretando un Concilio, interpretando una Iglesia

Sin lugar a dudas el acontecimiento más importante de la Iglesia Católica en el siglo pasado (si no en los 400 años desde el Concilio de Trento) fue la reunión de los obispos del mundo y otros miembros de la Iglesia en el Concilio Vaticano II (1962-1965). El Concilio, descrito por el Papa Juan XXIII como un aggiornamento, una apertura al mundo moderno, cambió la teología, devoción y práctica católica en formas que todavía estamos ponderando. De hecho, en las casi cinco décadas desde la reunión en Roma han surgido tres líneas de interpretación que han definido la recepción del Concilio y sus implicaciones para la vida de los católicos. La clave para este esquema estriba en estudiar cómo se ve el Concilio en relación a lo que caracterizaba a la Iglesia en las generaciones inmediatamente previas al cónclave.

La primera interpretación es la más negativa: rechaza al Concilio y desafía su autoridad por creer que traicionó la tradición católica. Aunque quienes mantienen esta posición son una minoría pequeña, constituyen un grupo estridente y controversial. Basta con recordar la reciente conmoción que rodeó al intento del Papa de levantar la excomunión a la cismática Sociedad de San Pio X fundada por Marcel Lefebvre. Uno de sus obispos, Richard Williamson, no solamente rechaza las enseñanzas y autoridad del Concilio, sino que además insiste en que durante la Segunda Guerra Mundial los alemanes no utilizaron cámaras de gas en sus campos de concentración. Aunque esta última afirmación se encuentra fuera del campo de la teología, dice mucho sobre la indiferencia con que esta postura ve a la historia. Quienes rechazan al Concilio han congelado su visión del catolicismo y lo “tradicional” en algo que existía a finales del Siglo XIX y principios del XX, sin tomar en cuenta que, a su vez, elementos de la devoción y teología de entonces eran innovaciones y representaban una “puesta al día” de lo que hasta entonces se había considerado tradicional.

Al mismo tiempo que una visión estática de la tradición lleva a algunos a rechazar al Concilio, ha surgido una visión modificada que destaca la continuidad del mismo con la teología, devoción y prácticas pre-conciliares. Temiendo que las repercusiones del cónclave llevaron a una relajación de la identidad católica, quienes mantienen esta postura no lo rechazan, pero sutilmente rechazan las interpretaciones progresistas del mismo. Ellos destacan que el Concilio introdujo cambios, pero consideran que dichos cambios son secundarios en una Iglesia que mantuvo continuidad con el pasado. Esta ha sido la estrategia del Papa actual, notoria por la significativa diferencia con las interpretaciones que él mismo hacía cuando era un joven teólogo en la década de los sesenta.

La tercera línea interpretativa, y la que goza de más aceptación, nota la discontinuidad entre la visión del Concilio y la pre-conciliar. Según esta perspectiva, las tendencias clericales anti-modernas y anti-históricas del catolicismo desde el Primer Concilio Vaticano (1869-1870), ideas que inclusive aparecieron en los borradores preliminares de los documentos del Segundo Concilio, fueron rechazadas por la mayoría de los obispos, quienes reconocieron que el catolicismo “tradicional” era parte de un peregrinaje dinámico de la Iglesia a través de la historia. De esta manera, la discontinuidad de la Iglesia con el período inmediato anterior produce un sentido de tradición más pleno que se extiende hasta los orígenes del Cristianismo para percibir a una Iglesia presente en el mundo, comprometida con las preguntas más serias del mismo. El reconocimiento del Concilio del papel de los seglares, del valor de otras iglesias cristianas, y de miembros de otras religiones, representa un quiebre saludable con la Iglesia pre-conciliar.

La conversión evolucionaria de Monseñor Romero

El esquema tripartito empleado para comprender al Concilio Vaticano II proporciona una vía para comprender la recepción del legado del Arzobispo Romero.

Son pocos los que rechazan a Romero como traidor de los principios auténticos del catolicismo, pero sería un error pretender que esos sentimientos no existen. Basta con recordar que durante su período como Arzobispo sufrió fuertes críticas de miembros de la Conferencia Episcopal y del Nuncio Papal, a la vez que periódicos como El Diario de Hoy publicaban editoriales feroces denunciando la dirección de la Iglesia bajo su liderazgo. Desde esta perspectiva Romero experimentó una conversión que representó traición a la Iglesia y a su propio ministerio en las décadas anteriores.

Un argumento más sutil sostiene que Romero experimentó una evolución que conservó una fuerte continuidad con su ministerio antes de ascender al Arzobispado. Aquí hay que sopesar con cuidado el significado del vocablo “evolución”. No cabe duda de que la noción de que Monseñor cambió de la noche a la mañana convierte a su ministerio en una caricatura. Al menos uno debe reconocer que Romero comenzó un profundo proceso de cambio cuando llegó a Obispo de Santiago de María y se dedicó a un ministerio pastoral directo con quienes habían pasado por sufrimientos y abusos de sus derechos humanos. No se trata solamente de que su “conversión” estuvo profundamente afectada por sus experiencias como Obispo en los años anteriores a 1977, sino que continuó cambiando y creciendo durante los tres años siguientes hasta la fecha de su asesinato en 1980. 

Sin embargo, el impacto profundo que tuvo Romero no provenía exclusivamente del poder de su cargo, como si hubiera estado llevando un ministerio similar desde antes y simplemente se hizo más eficaz debido al nuevo cargo. No. Sin menospreciar su ministerio anterior, es claro que ocurrió un cambio perceptible. Ya fuera en su defensa del Colegio El Sagrado Corazón en contraste con su denuncia anterior del trabajo del Externado de San José, su apoyo a la teología de la liberación que antes había visto con sospecha, su respaldo a las organizaciones populares en lugar de apoyar soluciones verticalistas a los problemas socioeconómicos, o su denuncia pública de asesinatos o desapariciones a diferencia del enfoque privado que usó para protestar los crímenes de Tres Calles, Monseñor Romero era muy diferente de lo que había sido anteriormente.

Usando el lenguaje de su Segunda Carta Pastoral, Romero rechazaba un “tradicionalismo sin evolución” que percibía los asuntos de la Iglesia como limitados al dominio del culto y lo espiritual; él veía a la Iglesia como “cuerpo de Cristo en la historia”. Más específicamente, usando el lenguaje de los documentos de CELAM en Medellín y Puebla, Monseñor personificaba la forma en que los cristianos pueden tomar la opción preferencial por los pobres como base para la vivencia de su fe.

Aunque en última instancia las conversiones pueden ser demasiado personales y particulares para describirlas plenamente, dan mucha luz cuando se comprenden dentro de un esquema que les da significado y que, al menos de una manera aproximada, ayuda a dar cuenta de la experiencia analizada. A fin de cuentas, el cambio de Monseñor Romero fue una conversión evolucionaria. Al igual que el Concilio Vaticano II, el período del Arzobispado de Oscar Arnulfo Romero marca un cambio profundo en la manera en que la Iglesia Católica se volcó hacia el mundo con compasión y, al hacerlo, se arraigó en un sentido de tradición más profundo que llega hasta el ministerio mismo de Jesús de Nazaret. No es coincidencia entonces que el ministerio de Monseñor Romero haya terminado como el de Jesús: muerte en las manos de sus enemigos pero colmado con la esperanza de la resurrección.

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