A 50 AÑOS DE LA DECLARACIÓN DE LA HABANA (2 septiembre 1960)


Momento en que el líder de la Revolución hizo trizas el infamante "Acuerdo de Defensa" entre Estados Unidos y Cuba.
Momento en que el líder de la Revolución hizo trizas el infamante “Acuerdo de Defensa” entre Estados Unidos y Cuba.

El ocaso definitivo de la Enmienda Platt

GUSTAVO ROBREÑO DOLZ

El caluroso mediodía habanero del 2 de septiembre de 1960 sirvió de escenario a la primera Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba en la entonces Plaza Cívica (hoy Plaza de la Revolución), donde tuvo lugar la más extraordinaria y multitudinaria concentración popular celebrada tras el triunfo revolucionario, hasta esos momentos, y se aprobaría uno de los documentos trascendentes e históricos de la Revolución: la Declaración de La Habana.

El pueblo trabajador de la capital y sus municipios colindantes había sido convocado desde hacía varios días por las organizaciones revolucionarias, los sindicatos, las organizaciones juveniles, estudiantiles y femeninas, las asociaciones campesinas y multiplicidad de instituciones de diverso tipo, para coincidir en la plaza donde escucharíamos un importante mensaje de Fidel, en momentos en que crecía la decisión y la efervescencia de las masas, su conciencia revolucionaria se elevaba y ganaba en claridad y en comprensión cada día, como consecuencia precisamente de la orientación constante del líder de la Revolución.

Lo que el historiador Pedro Álvarez Tabío llamara “la dinámica del golpe y el contragolpe” entre la Revolución cubana y las agresiones del gobierno imperialista de Estados Unidos, se había desatado prácticamente desde los mismos instantes de la victoria del Primero de Enero, recrudeciéndose a partir de la Ley de Reforma Agraria. Las medidas económicas de la Administración Eisenhower contra Cuba iban acompañadas de atentados terroristas, sabotajes y aparición de bandidos en las áreas rurales, promovidos por el plan que —hoy se sabe—, el mandatario yanki había aprobado en enero del 60.

La lucha de clases alcanzaba por esos días su carácter más agudo. La unidad de las fuerzas revolucionarias avanzaba, se sucedían importantes definiciones y no faltaron algunas traiciones. Al hacer precipitadamente sus maletas, la oligarquía criolla y demás servidores del imperialismo confiaban en retornar al cabo de pocos meses, acompañados por los marines yankis. La Embajada de Estados Unidos actuaba abiertamente como cuartel general de la contrarrevolución.

Respondiendo con determinación y firmeza, la Revolución cubana, con abrumador apoyo popular, enfrentaba las sucesivas medidas de agresión económica del gobierno de Estados Unidos y dictaba los decretos que iban recuperando las riquezas nacionales: intervención de las refinerías petroleras; intervención de la compañía de teléfonos; nacionalización de empresas norteamericanas radicadas en Cuba, incluidos los centrales azucareros, las minas de níquel en Moa y la compañía de electricidad…

Cuando las inmensas columnas de miles de trabajadores, que al mediodía habían interrumpido la jornada laboral, se dirigían desde diversos puntos de la capital hacia la Plaza, llenos de entusiasmo y combatividad, esa era a grandes rasgos la situación y no resultaba difícil avizorar la perspectiva de nuevas y aún más duras confrontaciones, pues el imperialismo norteamericano ya había anunciado que no permitiría, de ninguna manera, una Cuba libre, soberana, digna, con justicia social e independencia económica. Según Washington, sería un ejemplo demasiado peligroso ante los ojos del mundo y en particular ante América Latina y el Caribe: la Revolución cubana debería, por tanto, ser liquidada lo antes posible.

Es en ese contexto que el Departamento de Estado logró la convocatoria a la llamada VII Reunión de Consulta de Cancilleres de su Ministerio de Colonias, la funesta Organización de Estados Americanos (OEA), que ya había sido utilizada por los gobiernos yankis en anteriores conjuras, intervenciones y agresiones contra otros países latinoamericanos, generalmente con éxito para el imperio y sus designios. Así habían mantenido en un puño a su “patio trasero”, con solo esporádicas y transitorias excepciones.

Era necesario, por tanto, aplicarle ahora a Cuba la misma receta. El 22 de agosto se iniciaron las sesiones en el Teatro Nacional de San José, Costa Rica, y ningún lugar más propicio para la comedia que allí se iba a efectuar, según libreto preparado por los organizadores del convite. Raúl Roa, ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, conmovió con sus acusaciones y desenmascaró al imperio, alertando sobre la inminente agresión y convirtiéndose en el centro de atención de la cita, aplastando moralmente a los acusadores y los lacayos que les hicieron eco y aprobaron la genuflexa declaración contra Cuba.

La OEA quedó expuesta como lo que realmente era —y sigue siendo— ante los ojos de América y del mundo, como nunca antes había ocurrido. Los cancilleres de Venezuela y Perú renunciaron avergonzados y México se abstuvo. En la sesión final del día 28, Roa les dijo: “Me voy con mi pueblo, y con mi pueblo se van también los pueblos de nuestra América”.

En aquellas horas fue que el periodista radial costarricense Mario Ramírez lo calificó como “Canciller de la Dignidad”, justificado título que le acompañó por el resto de su vida y lo proyectó para siempre como el representante inconmovible, audaz y culto de la Revolución cubana en la arena internacional.

La Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba aprobó la Declaración de La Habana como respuesta a la farsa de la OEA, que buscaba el aislamiento diplomático de nuestra Revolución y la creación de condiciones políticas que favorecieran la agresión militar directa y con la fuerza mercenaria que se organizaba en Estados Unidos, la zona del Canal de Panamá, Nicaragua y Guatemala.

Esa misma tarde-noche, durante las palabras de Fidel ante la multitudinaria concentración, previo a la lectura de la Declaración, tuvo lugar un hecho histórico que, a nuestro juicio, marcó el ocaso definitivo de la Enmienda Platt y arrojó al basurero de la historia un pedazo fundamental del yugo imperialista que apretó el cuello de la Patria: el líder de la Revolución hizo trizas desde la tribuna, con sus propias manos, el infamante “Acuerdo de Defensa” entre Estados Unidos y Cuba.

No podía ser de otra manera porque, además, los asesores militares yankis del ejército de Batista habían sido también derrotados, al igual que sus discípulos, y nada más tenían que hacer aquí.

Fue una jornada memorable aquella que vivimos hace medio siglo y sirvió de preámbulo a otros muchos acontecimientos que se sucedieron vertiginosamente durante los meses siguientes.

Fue un claro mensaje a países y gobiernos amigos, al creciente movimiento mundial de solidaridad con Cuba y a los pueblos de América Latina y el Caribe, al expresar que la voluntad de soberanía y justicia por parte de la Revolución era irrenunciable e irreversible.

En medio del largo proceso de heroísmo, abnegación y sacrificio del pueblo cubano, la Declaración de La Habana marcó un señalado hito, un momento histórico de recuento, de confirmación del rumbo, de nuevo y decidido impulso, ante la imagen y el recuerdo de José Martí.

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