Revolucionar la cultura, breve repaso a la vuelta de medio siglo

15 Ene

El refinamiento cultural es garantía de solidez política.

Alfredo Guevara

raul martinez

Raúl Martínez.

“¿Cómo se sale del subdesarrollo?”, se pregunta Sergio Carmona en el clásico filme Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea. El personaje se cuestiona si, en condiciones de pobreza económica y de costumbres perfiladas por siglos de dependencia y sometimiento, basta una Revolución para transformar la cultura y potenciar así la libertad del individuo.

No es casual que la Revolución cubana triunfante arrancara convirtiendo cuarteles en escuelas, iniciando una campaña de alfabetización, fundando un instituto cinematográfico… La cultura y el conocimiento eran el camino a la libertad verdadera, tal como había sentenciado el Apóstol. “La dignidad plena del hombre” pasaba, sobre todo, por maneras de vivir, de ver el mundo y de concebirse en él.

El gobierno revolucionario se encargó de subvertir la racionalidad económica del capitalismo, y construir relaciones sociales de nuevo tipo. Creó instituciones culturales articuladas en organicidad y definidas por la política cultural revolucionaria, orientada hacia la defensa de la identidad nacional, el rescate del patrimonio cubano y la cultura popular.

La cultura, además de contemplar la creación artística y la aproximación masiva a las producciones universales y autóctonas, recibió la cualidad de socialista cuando en 1961 se proclama este carácter de la Revolución. Ante esa condición había dos caminos: el del marxismo dogmático soviético o, por otro lado, un socialismo marxista de inspiración nacional y latinoamericana.

Refiriéndose a la menos feliz de las tendencias que emergieron en ese contexto, señalaba el propio Gutiérrez Alea: “Hay una raza especial de gente con la que tenemos que convivir, con la que tenemos que contar, para nuestro disgusto cotidiano, en esto de construir la nueva sociedad. Son los que se creen depositarios únicos del legado revolucionario; los que saben cuál es la moral socialista y han institucionalizado la mediocridad y el provincianismo; los burócratas (con o sin buró); los que conocen el alma del pueblo y hablan de él como si fuera un niño muy prometedor del que se puede esperar mucho, pero al que hay que conocer muy bien, etcétera, etcétera (y nos parece estarlos viendo, con el brazo protector por encima de los hombros de ese niño); son los mismos que nos dicen cómo tenemos que hablarle al pueblo, cómo tenemos que vestirnos y cómo tenemos que pelarnos; saben lo que se puede mostrar y lo que no, porque el pueblo no está maduro todavía para conocer toda la verdad; se avergüenzan de nuestro atraso y tienen complejo de inferioridad a nivel nacional”.

En 1968 desde páginas de la revista Verde Olivo, un personaje bajo el seudónimo de Leopoldo Ávila atacaba de manera sistemática todo lo que aparentemente estuviese fuera de la línea de “lo revolucionario”. Se demonizaban aquellas expresiones que, de acuerdo con cierto criterio, cuestionaban o arriesgaban la dignidad de la Revolución, o que de algún modo “coquetearan” con la ideología y la cultura del enemigo.

Silvio Rodríguez evoca aquellos años y concluye que “los deformados eran la burocracia y el oportunismo, los dirigentes que decían una cosa y hacían otra, los cuadrados, los que desconfiaban de los jóvenes, los acomodados, los enemigos de la cultura, los asentidores y medrosos que echaban a perder la Revolución…”.

Dentro del campo artístico y cultural, el rol del intelectual se explicita en una integración entre vanguardias políticas y artísticas cuya finalidad última está referida a la defensa de la Revolución bajo un prisma de “libre creación”. Lo que va encauzar su función social dentro del proceso revolucionario es “Palabras a los intelectuales”, donde Fidel coopta dentro de los disímiles criterios que se manifestaban en el campo cultural. Así, se propone la independiente utilización de estilos, temas y contenidos, siempre que la obra estuviera adscrita al proceso.

Sin embargo, la actividad artística y la ejecución de políticas culturales han estado siempre sujetas a interpretadores y decisores.

ICAIC y Casa de las Américas fueron entonces, en sentido general, muros de contención para los criterios dogmáticos. Su proyección institucional estuvo marcada especialmente por la dirección de la institución; en este caso, figuras como Alfredo Guevara y Haydée Santamaría respectivamente. Se adherían a una concepción cultural orientada hacia la libre creación, aunque debía inspirarse en el ambiente revolucionario.

En términos de aspiración, resulta útil citar algunos objetivos que se le asignaron al ICAIC:

[…] propiciar un espectador activo y crítico que pueda apreciar las innovaciones del lenguaje cinematográfico, las nuevas temáticas, otras culturas, erradicar las huellas de neocolonización de la pantalla, reencontrar y reconstruir la propia imagen y con ella el contacto con la realidad, entre otros.

Cada contexto histórico tiene su correlato artístico, que existe no de manera aislada, ni como mera representación o reflejo de la vida real, sino como un universo con autonomía, pero en contacto permanente con la realidad social, influyente-en e influido-por este. La Revolución demandó un código estético acorde al nuevo contenido de la realidad social, una expresión diferente que enriqueciera la cultura humana sin el mercado como centro.

La política del acceso masivo a la cultura en general y particularmente la artística pasó en primera instancia por la eliminación del analfabetismo, la promoción del arte en la mayor cantidad de espacios, la subvención de la actividad cultural y el escaso costo para el público de productos y espectáculos. Además, cine, libros, teatro, se llevaron a lo más intrincado del país, contra la tendencia de desarrollar culturalmente solo las capitales provinciales.

Una cultura masiva no es económicamente rentable, no lo es una escuela para dos niños, no lo es editar libros que se vendan por mucho menos de lo que cuesta producirlos, ni espectáculos en los que se invierte mucho y son vistos a cambio de muy poco… Pero sobre esa inversión descansa nada menos que el alma de la nación.

Las directrices generales de la concepción artística y cultural de la Cuba revolucionaria han cambiado poco en su esencia e, indiscutiblemente, han potenciado seres humanos dignos, con una visión del mundo, con criterio. Sin embargo, hoy ¿resurgen? viejos fantasmas. En estos años florece el kitsch en los jardines, Álvaro Torres abarrota un teatro y las masas enardecidas reclaman más presentaciones; repertorios idénticos de bachata resuenan en el transporte público; pululan en la televisión, con amplia audiencia, documentales sobre el star system y los instructores de mascotas; las niñas llegan en carruaje a sus fiestas de quince… Demasiados síntomas que obligan a desempolvar la pregunta e insistir, todavía: “¿Cómo se sale del subdesarrollo?”

http://www.cubadebate.cu/?p=336569

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