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Hermenéutica de la impotencia (2)

12 Dic

René Martínez Pineda
Director de la Escuela de Ciencias Sociales, UES*

de colatino.com

Si tuviere manos potentes y ágiles para levantar del suelo al caído, pero sin tocarle, para no reproducir en él su impotencia; y para alimentar las alas del pajarito que murió de frío en un nido deshojado, porque decidió no abandonar a sus semejantes, por pura convicción político-ideológica; y para regar los maizales sin empeñar albas, ni suspiros, ni mazorcas futuras; y para tutelar la esperanza oculta del que fue condenado a la cadena perpetua de la miseria y la apatía social, por falta de abogado honesto; y para matar la suma algebraica o para desvanecer la cuadrícula logarítmica que, impunemente, se roba el sudor en la maquila y en el supermercado y en el gran almacén… estaré en paz conmigo mismo, pero: una trifulca carcelaria dejó 20 heridos; un maestro público da sus clases como si fuere un dictador empedernido para fomentar la impotencia en sus estudiantes; y nadie le pide cuentas al exministro que huyó con rumbo conocido o al alcalde populista que hace propaganda presidencial con fondos del municipio.
Si pudiere, si tan sólo pudiere con palabras alquiladas, con metáforas prestadas, con sinécdoques inventadas, hacer que uno, al menos uno o una, vuelva la mirada para endosarme una rima escatológica que minimice el remordimiento mortal del párpado y la impotencia ecuménica del espíritu pecador; para prestarme una coma o una palabra grave que haga hablar fluido a la pausa de las buenas intenciones; para donarme mil novecientos treinta dos puntos suspensivos que hagan interminable un verso desesperado… estaré en paz conmigo mismo, pero: un sorbetero de la calle es culpable de plagio doctoral y de falsedad ideológica; la Paris Hilton reconoció en público que es pendeja; el alcalde tricolor eclipsa la represión bestial del pasado con lucecitas y adoquines y nacimientos con nieve; el vecino cerraba la puerta en mis narices, ofendido, para que no viera su televisión nueva desde el patio; y en el país, todos sufrimos en silencio la tétrica maldición de McDermott, porque sólo hasta muchos años después de muertos, somos absueltos -sin pedirnos disculpas ni indemnizar a nuestros dolientes que, años después, nacieron medio muertos- de la injusta pena capital que nos dictaron.
Si pudiere, sin tan sólo pudiere, con ademanes de prestidigitador popular a quien nadie admira en las calles, atrapar entre mis dedos diminutos el aroma sutil de un milagro desnudo; atraparme entre los dedos de los que se fueron sin decir adiós, ni venderse, ni renegar de la utopía; arrullar con mis frases inocuas la sonrisa de los niños nacionales, para reinventar el bien guardado secreto del bienestar pedestre… estaré en paz conmigo mismo, pero: partes de un cadáver mutilado fueron localizadas en el parque Infantil; la erudita alcaldesa se subió el sueldo… y qué, cabrones!
Pero, si pudiere regresar el tiempo para desmantelar la impotencia social que nos signa y nos persigna… andaría, de nuevo, buscando la luz en las veredas sigilosas del cerro de Guazapa, con una luciérnaga en la mano y un zompopo de mayo en las espaldas; volvería a recoger, en mi cesto de mimbre salvaje, las pobres palabras cotidianas que dejé gimiendo en el olvido: te quiero, te extraño, pueblo libre, utopía, claustro, cárcel, cueva… revolución o muerte, venceremos, abriría de nuevo, y de forma atrozmente inconsulta, las puertas arcaicas que han perdido el retorno, para irme a acurrucar a la sombra de las caricias invictas de mi flor, y a lamer mis manos con la lengua del gatito que tanto quise, cuando niño.
Si pudiere regresar el tiempo para derrotar a la impotencia social, disfrutaría de nuevo, hasta el delirio incontrolable y pueril, la taza de chocolate caliente sazonado con incienso, con la que jugaba a descubrir el fuego en aquel corredor llovido y todo loco de leyendas donde dejé tirados y olvidados mis primeros ademanes y mi primer paso titubeante; me confundiría, de nuevo, en el tumulto tibio y cierto de aquel mesón suave y perfumado, para recobrar las palmadas en los hombros que me impulsaban a navegar las correntadas furiosas de aquellos inviernos preñados de relámpagos absurdos… y de hachas de obsidiana clavadas en los árboles de amate; ganaría de nuevo el campeonato intermesonal de capirucho con los ojos cerrados, sólo por volver a ganarme los sorbetes de coco de don Narciso; dispararía de nuevo mis pistolas de juguete con balas de verdad para ahuyentar, del todo, la sombra genocida que devoraba, que devora, las ilusiones, los comedores y las ganas de hacer algo.
Si pudiere regresar el tiempo para castrar a la impotencia, volvería a recorrer a pie todo el camino; a repetir cada paso, uno a uno, pero con los ojos más abiertos para pintar con la acuarela indeleble de los recuerdos mi cerebro sorprendido. Si pudiere regresar el tiempo… no cambiaría nada, para qué, porque si lo hiciera no estaría hoy anhelando, deseando, pensando qué pasaría si pudiere regresar el tiempo. Si pudiere regresar el tiempo    para derrotar a la ingratitud, volvería a la última mañana en que vi dormida a mi utopía, para despedirme con un beso prolongado y decirle, al oído, lo mucho que me sirvió para forjar las pocas virtudes que tengo, porque esa es la única deuda que tengo con mi pasado.
Si pudiere regresar el tiempo… si pudiere hacerlo, regresaría corriendo hasta el instante en que la impotencia social carcomió mi espíritu y mis manos; hasta el instante fatídico en que el coraje personal me dio su adiós definitivo; para aprenderme de memoria la sonrisa de los niños que no saben de juguetes ni de maestros buenos.
Aaahhh…. Si pudiere, con un grito desbordado, con un estertor fulminante, convertirme en el latido de unos pechos de amor imaginario, en los que el tiempo se cuente con historias y su orografía se vacíe de bocas hambrientas… estaré en paz conmigo mismo, pero: en el Bloom se reporta otra muerte por dengue y, además, hace frío.

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