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¿Reforma o Revolución? Democracia (Libros Libres)

26 Abr

Libros Libres.148046 Bajar Libro.

José López

El clásico dilema, objeto de intensos debates en la izquierda en su día, Reforma
vs. Revolución, es en verdad una disyuntiva secundaria. La verdadera clave
reside en la democracia. Analizando extensamente las experiencias
revolucionarias históricas (sobre todo la Revolución rusa) y aprendiendo de
ellas, este libro pretende contribuir a la reformulación de la teoría revolucionaria
para el siglo XXI. En dicha teoría, el marxismo debe ocupar un lugar importante.
Usando el propio método marxista es posible explicar los errores ideológicos y
desprenderse de ellos. El marxismo, despojado de sus principales errores
gracias al uso adecuado del materialismo dialéctico, puede resurgir con fuerza y
contribuir notablemente a la revolución del siglo XXI. Ésta debe girar en torno al
concepto de democracia, entendida ésta en su acepción original, en su sentido
más amplio y profundo. Sin el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el
pueblo, no será posible la transformación radical de la sociedad, como la
historia nos ha enseñado. Sin la suficiente democracia no será posible superar
el capitalismo, alcanzar una sociedad justa y libre. La emancipación individual y
social sólo puede hacerse mediante el desarrollo de la democracia. Cada
individuo, el proletariado, el pueblo en general, sólo puede emanciparse por sí
mismo. La democracia, la libertad, es al mismo tiempo fin y medio. El fin está
contenido en los medios.
El debate entre quienes defendían la revolución, la ruptura brusca con el sistema
capitalista representado políticamente por la democracia liberal, y quienes defendían el
reformismo, la vía de las reformas graduales dentro de la propia democracia
burguesa, protagonizó durante largo tiempo la actividad intelectual de la izquierda,
cuando ésta estaba viva. Las discrepancias se tradujeron en escisiones, en la división
de la izquierda en dos ramas principales: la izquierda revolucionaria, los marxistas y
los anarquistas fundamentalmente, y la izquierda reformista, la socialdemocracia (si
bien inicialmente teníamos una socialdemocracia revolucionaria, la rama reformista se
quedó con el nombre de socialdemocracia, socialdemocracia pasó a ser equivalente a
socialdemocracia reformista). La primera defendía la conquista del Estado burgués y
su transformación en la dictadura del proletariado (como así pretendían los marxistas),
o la abolición inmediata del Estado (como así querían los anarquistas), y la segunda
postulaba el uso del Estado burgués para ir progresivamente cambiando el sistema a
favor del proletariado, incluso se conformaba con suavizar las contradicciones del
capitalismo, en vez de superarlas. Con la perspectiva del tiempo, en base a las
experiencias prácticas, podemos decir que ambas opciones, aparentemente por
distintos motivos, fracasaron. El fracaso de la izquierda en general es
manifiesto. Es por tanto imperativo replantearse, como mínimo, las estrategias.
Las experiencias anarquistas fueron muy breves en el tiempo. El verdadero
problema de nuestra sociedad actual es la fuerte dependencia de élites. El objetivo ¿Reforma o Revolución? Democracia
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supremo es conseguir una sociedad donde no haya ovejas ni pastores. Sin embargo,
no parece posible luchar de forma espontánea o improvisada frente a un enemigo muy
organizado, no parece probable vencer al enemigo renunciando a la lucha política o
planteando una lucha política alejada de las masas y totalmente ajena a las reglas del
juego actuales, no parece realista aplicar de forma inmediata la autogestión en una
sociedad nada acostumbrada a ella, no parece factible pasar de golpe de una
sociedad donde el poder está muy centralizado a una sociedad donde el poder esté
totalmente descentralizado. Esto sólo será posible realizarlo de manera gradual. La
organización global de la sociedad que plantea el anarquismo, desgraciadamente, no
parece que pueda alcanzarse a corto plazo, sin una transición. Algunas de sus
interesantes ideas pueden irse aplicando a ciertas escalas locales, en particular, la
democracia directa, la autogestión, el federalismo, pero no parece ciertamente fácil
aplicarlas inmediatamente al conjunto de la sociedad. Y sobre todo parece imposible
vencer a la burguesía sin organizaciones fuertes, sin un movimiento político que acuda
al campo de batalla, tal como es éste a día de hoy. No parece posible cambiar el
sistema político sin hacer política. Por otro lado, la lucha sindical es insuficiente. Los
anarquistas se han mostrado muy eficaces en la lucha sindical, pero no así en la
política. Tal vez el espacio natural del anarquismo sea sólo el sindicalismo. Al menos
por ahora. Sus principios son aplicables ya para las luchas parciales, las sindicales,
pero no para la lucha global, la política. Para cambiar globalmente un sistema en las
antípodas de los principios libertarios. En definitiva, no es posible cambiar el sistema
sólo desde fuera del sistema, ni de la noche a la mañana.
Lenin, en su trabajo ¿Qué hacer?, nos da tal vez la clave de por qué los métodos
anarquistas no han funcionado para la lucha política: La lucha política de la
socialdemocracia es mucho más amplia y compleja que la lucha económica de los
obreros contra los patronos y el gobierno. Del mismo modo (y como consecuencia de
ello), la organización de un partido socialdemócrata revolucionario ha de ser
inevitablemente de un género distinto que la organización de los obreros para la lucha
económica. Ahora bien, los métodos propugnados por Lenin se mostraron muy
eficaces para conquistar el poder político, pero también para hacerlo degenerar en
contra del proletariado. Indudablemente, habrá que tener en cuenta a Lenin, pero
también habrá que rectificar sus métodos para volver a evitar sus errores. Quizás
algunos de los principios anarquistas, como el federalismo, puedan utilizarse. Tal vez
algunos principios básicos sean independientes de por qué se luche, dependan más
bien de que se lucha y de que quienes luchan deben hacerlo de manera conjunta. Tal
vez el objetivo de la lucha no sea tan importante y lo más importante sea el propio
hecho de que se lucha. Quizás algunos principios organizativos empleados en la lucha
sindical sean aplicables también a la lucha política. Tal vez lo más importante sea el
hecho de organizarse y no tanto el hecho de para qué nos organizamos. Más en
concreto, lo que determine los métodos organizativos sea sobre todo el tamaño de las
organizaciones. Cuando éstas son pequeñas, cuando los intereses son locales, la
democracia directa es factible. Pero en grandes organizaciones, cuando los intereses
son mucho más globales, no hay más remedio que recurrir a la democracia
representativa.
¿Es posible compaginar ambos tipos de democracia? ¿Es necesario
complementarlas? ¿Puede o debe prescindirse de alguna de ellas?

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