El Salvador: rediseñar la representación política

2 Sep

Oscar A. Fernández O.

Qué significa la representación política? ¿De qué modo representan las instituciones, los partidos, y en particular, los líderes políticos? ¿Qué se representa, una idea, un valor, algún otro tipo de “abstracción”, o intereses, opiniones y voluntades concretas?, éstas y otras interrogantes nos plantea Marcos Novarro, en su libro Representación y Liderazgo en las democracias contemporáneas.

Más allá de todas estas dudas que suscitan apasionadas discusiones en los foros políticos, muchas veces hasta el punto del desatino como ha sucedido con algunos voceros de los liderazgos políticos de derechas al respecto de la sentencia de la Sala constitucional de la Suprema Corte de Justicia, lo importante es entender una premisa que traté de dejar claramente planteada en mi recién publicado artículo Los mitos de la democracia burguesa: la democracia no comienza ni termina al elegir a los representantes de la ciudadanía para administrar El Estado. La democracia es una especie de sinfonía compleja, con muchos acordes, instrumentos, músicos y coros, que para disfrutarla a plenitud hay que entenderla.

En este recorrido por el debate contemporáneo sobre la representación política en la que he denominado, “democracia de oligarquías”, paradoja impuesta por los viejos conceptos de dominación hoy profundamente cuestionados por fuertes vientos de cambio en América Latina, prestamos mucha atención a sus vinculaciones con los liderazgos políticos tradicionales y con la formación de las identidades políticas, vinculaciones tan oscuras como sugerentes.

Al fijar la atención en los liderazgos políticos “representativos” o la “representación por liderazgo”, y aquí me refiero a todo tipo de liderazgo, partidario conservador, que representa al statu quo y a los mal llamados “independientes”, estamos, como dice Novarro (ut supra) tocando un punto muy sensible, tanto para la teoría y la filosofía política, como para la vida política de nuestros pueblos.  ¿Son los líderes tradicionales una amenaza para la democracia de los pueblos? ¿Una especie de mal necesario en la democracia representativa burguesa? ¿O son un componente imprescindible y revitalizador de la institucionalidad y las leyes?

Como parte de la introducción a la discusión de este problema de la democracia y la representación política, diremos que lo primero que tendemos a pensar es que difícilmente se pueda dar una respuesta generalizada ya que existen toda clase de líderes (revolucionarios, reformistas, conservadores, mayoritarios, de elites, populistas, cívicos, gerenciales y miles de tipos más) en los distintos estamentos del Estado y la vida política en general. Lo que si me atrevo a adelantar, es que contradictoriamente, en esta discusión sobre la calidad de la democracia quién no está presente es el pueblo, el demos. Me temo pues, que de este debate político ha quedado marginado nuevamente el ciudadano común. En esto tiene mucho que ver la complicidad de los medios conservadores de comunicación al servicio de los intereses de la oligarquía, factor fundamental del poder de facto.

Si bien, como ya se señaló, el desinterés por lo político es algo universal, en países como el nuestro, donde la diferencia en el ingreso entre el 20% más rico y el 20% más pobre está entre las más grandes del mundo, con un promedio de 750 mil personas que emigran en busca de una oportunidad de vida y los índices de homicidio superan los 55 por cada 100 mil habitantes, esta cuestión adquiere ribetes especiales.

Casi toda la población tiene la percepción de que la política es, en nuestro país, una actividad casi delictiva y que los partidos utilizan los recursos públicos para financiar sus propios aparatos o para contribuir al enriquecimiento personal de sus dirigentes. Una percepción fundada en la corrupción institucional instaurada por muchos años, desde los partidos de derechas que siempre creyeron que el poder les pertenecía por decisión del destino.

Pero, la relación teórica y conceptual entre liderazgo y crisis o ruptura del lazo representativo es también ambivalente. Teóricos de la democracia liberal como Alexis de Tocqueville (La democracia en América), sostiene que las masas en la república democrática liberal burguesa (que es la que él estudia en Estados Unidos -1835-1840) se desentiende del problema político para atender otras necesidades y que en consecuencia, “por encima de ellos se alza  un poder inmenso y tutelar que se encarga de velar por su suerte, pero lo que en el fondo persigue es mantenerlos en una infancia ignorante”

Por su parte, Vladimir I. Lenin en su obra Acerca del Estado al explicar las diferentes teorías burguesas sobre su origen y definición decía que «en el problema del Estado, en la teoría del Estado, podréis ver siempre (…) la lucha de las distintas clases entre sí, lucha que se refleja o encuentra su expresión en la lucha de conceptos sobre el Estado, en la apreciación del papel y de la significación del Estado y sus representantes»

Sin embargo, para Kelsen lo detestable de lo que llama la ficción, que no es la única en el ámbito del derecho público, es su finalidad política de contener el avance del principio democrático no dando entrada, para ello, a nuevos elementos protagonistas, de hecho, de la política en los sistemas democráticos de su época. Es decir que la ficción es tanto más negativa, cuanto más se sigue aplicando a unas circunstancias radicalmente diferentes de las que justificaron el concepto liberal de representación en los comienzos del Estado constitucional bajo la inspiración del dogma de la soberanía nacional (Portero Molina, José. Catedrático de Derecho Público, Universidad de la Coruña)

Al referirnos a la responsabilidad política del representante, ella no supone sólo una relación de compromiso mecánico frente a sus representados. Lo fundamental de dónde se deriva este compromiso, es la obligación en que se coloca el político de cara a ideales trascendentales. Responsabilidad es en palabras de Max Weber, “un compromiso ético”. Sobre esta base, podemos decir ahora que la ética pública que habilita a un líder a representar, lo coloca como una única totalidad con el representado y le exige “ser referencia de identificación común, reforzando el sentido de obligación moral con la comunidad” (Cavalli, 1992).

A la luz de los argumentos de estos y otros autores, podemos preguntarnos una vez más, en qué medida el acto de elección y el juicio de los gobernados respecto de sus gobernantes, es en la actual democracia, el remedo de una virtud política o una vía de politización de la vida colectiva, que nos lleve a un necesario complemento en la compleja fórmula de la democracia: la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos que le son de su interés y en la obligada rendición de cuentas de sus representantes, en el momento que les sea pedida.

Este es uno de los grandes temas pendientes: la participación popular menos atemorizada y alienada, más autónoma y libre, más espontánea; por tanto, con más aporte y creatividad porque surgiría desde el sentir de las bases populares, que constantemente están aprendiendo la política.  Unido a esto el papel de los medios de comunicación, necesitaría cambiar radicalmente para transformarse en espacios de elaboración desde los sectores populares diversos, espacios de encuentros y polémicas, de búsqueda conjunta de los caminos.

Quizás el problema más apremiante en este sentido sea la demostrada disonancia entre las culturas partidarias conservadoras y la cultura política de las masas en las democracias actuales, una disonancia que parece estar tanto en las tendencias a la disolución de las identidades partidarias, como de la pérdida de vitalidad en que se asientan las comunidades políticas. Carece de sentido salvar del naufragio culturas políticas en decadencia, evidentemente reaccionarias e inadecuadas para la lucha política de las masas que va afinando sus propias claves de comunicación. Es menos recomendable obligar a desgastados líderes políticos se sometan a compromisos estériles, conmemorativos y carentes de la esencia histórica que representan las masas.

Sin embargo, la alternativa no debe ser renunciar sin más a la educación militante de los partidos políticos y dejar que se extingan las ideologías que conservan vitalidad, y que a través de ellas los políticos de partido hemos heredado y transmitido de generación en generación.

¿Qué sería de los líderes políticos sin partido o con partidos debilitados, incapaces de tomar parte activa en los vínculos de representación?

La fragilidad de los consensos y la confianza de los gobernantes, más allá de una supuesta eficacia administrativa coyuntural que pueda ganar admiración, es un reflejo inmediato del problema analizado.

El tema de la representación no es un tema aislado y coyuntural que se pueda basar sólo en una sentencia constitucional, su importancia radica en la cuestión de qué tipo de democracia estamos pensando para El Salvador, quién es el verdadero poseedor del poder y como se delega y ejerce la autoridad pública. Esto determina que el conflicto público sea legítimo e insuperable y que éste tenga los canales efectivos para administrarlo adecuadamente. La autoridad delegada en la representación puede producir contradicciones y seguir siendo legal y legítimo, lo que no puede es ser representativo sin ser productivo en términos de protección y de convencimiento basado en la transparencia. La representación política está emparentada con la idea de control y de responsabilidad del representante. El representante lo es porque se somete a la fiscalización de sus representados.

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