¿Quiénes son los protagonistas? (2)

7 Jul

René Martínez Pineda*

El protagonista de la realidad se reconoce, como tal, cuando es un personaje autónomo, consciente e históricamente determinado, y con ello resuelve o le encuentra sentido a su vida diaria, ese sentido del que hablan, con pedantería, las ciencias sociales y humanidades regionales cuando analizan su relación con esa realidad concreta, usando muchas veces teorías abstractas que “de lo grande no llegan a lo pequeño”, o que –como en el caso de la Facultad de Humanidades de la UES- quieren reducir el saber al decimonónico nivel del “trabajo a destajo” que hoy caracteriza a las maquilas. Significa, pues, que el protagonismo puede ser instintivo o histórico, y en ambos casos debe ser coherente con las distintas expresiones del tiempo-espacio, ya que éste se muestra –como si fuese materia- a través de aquel, así como se muestra en los variados tipos de Estado-nación, instituciones políticas, consensos morales e imaginarios socioculturales.

Las labores estratégicas que se le presentan a las ciencias sociales –principalmente a quienes las enseñan- son las de, por acá, identificar las gradaciones del protagonismo -yendo de lo cotidiano a lo supracotidiano; de la parte al todo- a fin de definirlo como relación político-práctica, no como hecho subjetivo generado por la arbitrariedad, la impaciencia teórica o la orfandad metodológica; y, por allá, establecer la base conceptual para “sacar de la ignorancia” a la población”, reduciéndole el espacio analítico al “sentido común” -en su versión más ruda- y a los políticos -en su linaje electorero-.

Esa última labor es la más difícil en esta coyuntura de tribulación ideológica (la derecha queriendo recobrar la hegemonía vía castración del intelecto) en la que se revive, en su peor versión, un tiempo-espacio latente de ignorancia medieval e hipocresía religiosa.

Y es que, parece que la realidad social estuviera siendo legislada (aplaudida por el eco hirsuto de algunos entrevistadores matutinos de televisión) por ignorantes, incompetentes e hipócritas y, en el caso más risible, las tres cosas juntas. Aunque parezca increíble, el debate sobre la relación Estado-Iglesia (resuelto en los años 20 del siglo XX, después de furiosos alegatos) ha sido resucitado por quienes no tienen noción de lo que es la justicia social, ni el ser buen samaritano con sus trabajadores.

En el estudio del protagonismo, las ciencias sociales deben darle seguimiento a la reconversión de la derecha salvadoreña, que ha pasado de ser político-militar a mágico-religiosa, siendo esa la reconversión política más interesante del momento, más por absurda que por creativa. Ahora bien, no es casualidad que ese debate sea revivido hoy, pues, es una forma de reacción ideológica que, por su propio peso, pretende convertirse en reacción político-electoral, de aprobarse la “lectura obligatoria de la Biblia en las escuelas”.

El protagonismo de la derecha se reacomoda en función de quitarle -minimizar- el protagonismo histórico al pueblo, eso queda totalmente claro desde la óptica de las ciencias sociales. La lógica es simple: “para evitar la formación del hombre nuevo, hay que volver a la formación del hombre viejo”.

Cuando el protagonismo no es autónomo ni consciente (protagonismo instintivo) el individuo sigue siendo un rehén de la manipulación social (“Arévalo dice que PP tiene amplio espectro ideológico”; “Funes, haga historia aprobando la lectura de la Biblia en las escuelas”); del conocimiento vulgar (el pulpo predice los finalistas del mundial de fútbol); de la ingenuidad y cinismo ideológico: “hay que leer la Biblia en las escuelas para superar la violencia social… y lavarse los dientes con Colgate para no tener mal aliento”; “en el camino se arreglan los matates”; “más vale ladrón conocido que alcalde por conocer”; “el que con lobos anda, se hace diputado o analista”; “el que anda en la miel, forma otro partido cuando le da la gana”. Si el individuo no asume –pudiendo hacerlo- el protagonismo en la realidad social, como algo inherente a su humanización, no se realiza como sujeto histórico, lo que lo lleva a confundir: el tener con el ser; la enseñanza con la predicación; la democracia con la rutina electoral.

En las riberas del “no asumir el protagonismo histórico” (sufriendo el instintivo) quedan apilados al azar, como cadáveres en un campo de batalla, quienes son invisibilizados o mutilados por el sistema económico, y pensemos entonces en el niño que se gana la vida en la calle -de sol a sol y de lluvia a lluvia – vendiendo los tomates que escasean en su mesa; los dulces para la fiesta rosa a la que no ha sido invitado; el alcohol noventa, que le es tan exótico como un médico de familia; el cuaderno doble rayado que no puede usar, porque no tiene visa para entrar a la escuela; la inocencia de su sonrisa enemistada con el odontólogo… y la de su cuerpo diminuto que es codiciado por el depredador que lo acecha -salivoso, jadeante, dilatado, oloroso a dinero- tras el vidrio de su auto de lujo; las panadol de mentira para curar dolores de cabeza de verdad que pregona con ingenio irreal… señora, señor, límpiese el hoyo… ¡vaya los hisopos usados que parecen nuevos!

De modo que, el individuo, al no asumir el protagonismo ni diferenciar las dimensiones de la realidad social, se convierte en un ser inerte-receptivo, o -para decirlo con las palabras de Whitman- se convierte en “el espectro que está muerto estando vivo”, sufriendo aislado el dolor estructural; el cansancio social; el silencio reivindicativo; la fatiga ideológica que le impide relacionarse con el mundo y poseer una identidad cultural históricamente dada, lo que lo lleva, inexorablemente, a suicidarse en el “amate sagrado” de su fe, su desesperanza y su consumismo desenfrenado y brutal. A esa situación de inertidad receptiva la llamo interferencia sociocultural, en tanto que la gente coincide en una resignación que perturba y adecua, como la lógica impuesta en 1492, el funcionamiento de una sociedad que, quinientos años después, se supone democrática y en transición.

Sin saberlo, el salvadoreño sufre la condena de Dríope, ya que -como ella- “ve correr la sangre y el hambre de sus hijos y, al no poder remediarlo, se convierte en un árbol santificado” con las ramas llenas, inútilmente, de trastos viejos (alegoría del fetiche); imposibilitado de crecer por el conjuro de su propia sombra; viviendo una noche eterna, hasta que pierde toda posibilidad de ser protagonista. Por ello, su actitud frente a la vida cotidiana es contemplativa, porque carece de la característica esencial del ser social (el movimiento) y, por lo tanto, considera que todo cambio social significativo es una amenaza diabólica.

*renemartezpi@yahoo.com

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: