¿Quiénes son los protagonistas? (1)

30 Jun

René Martínez Pineda*

Cuando me preguntan –con una lista de temas en la mano- sobre qué escribiré en el siguiente artículo, mi respuesta –triste, como lamento vocinglero- es: ¡No sé! Y esa es una respuesta sincera, amarga, debido a que sólo conozco tres formas, neciamente tardistas, para decidir mi batalla con la temible hoja en blanco: dejar que la nota llegue por sí sola, de puntillas, sumisa, oculta en el vaho de las cosas simples, como compadeciéndose de mí; dejar que nazca en el debate que mantengo con mis amigos; o, en el borde del suicidio filantrópico, dejar que me embosque cuando deambulo por mi preferida de las dimensiones de la realidad –la cotidianidad nostálgica- y, así, decodificar los gestos, palabras y simbolismo de quienes se rinden mansitos ante la historia, porque aún son sus súbditos.

Ayer, en el transcurso de una incursión furtiva por las calles del centro histórico –cuyos nombres no recuerdo- después de oír a un predicador evangélico –sin zapatos nuevos ni motocicleta de la que jactarse- profetizar, a gritos, la llegada del juicio final que debe cogernos de rodillas (en los mismos términos en que se hacía en el Medioevo) me surgió la idea de escribir al respecto, pero no sobre si las personas van al cielo o al infierno cuando mueren; o sobre si quienes inician el juego de la guija en las escuelas son las que tienen que terminarlo, para evitar que los demonios se salgan del infierno, sino sobre si esas personas -hoy y aquí en la Tierra, mientras están vivas- son protagonistas de la historia o son sus anónimos y empedernidos dolientes. Y entonces, el punto de partida son preguntas tremendas.

¿Quiénes son los protagonistas de la realidad? ¿Cuándo es que se convierten en sus dolientes? El problema del protagonismo histórico, el de la construcción del sujeto social que enfrente la crisis política, socioeconómica y axiológica (nombre técnico de la devastación capitalista) que agobia al pueblo –como las lluvias desoladoras en las calles descalzas, o las sequías implacables en las pilas- parece que empieza a resolverse en otras latitudes continentales (marchas de protesta, huelgas, organización) debido, principalmente, a que las personas ya se cansaron de creer que “el infierno que viven (el de la pobreza inmisericorde) es justo, y que ese lago de fuego, azufre y carencias les ha sido impuesto por Dios porque son unas pecadoras sin remedio”.

Y ese cansancio es comprensible, incluso desde la simplicidad reflexiva del sentido común que casi siempre antagoniza con el análisis crítico. “Mirá, René -me dijo, un excompa de revueltas- la gente se cansa de ser pendeja, porque así ni Dios la quiere”… y esa es una verdad lapidaria que no necesita que una pedante hipótesis deductiva la compruebe.

Lamentablemente, muchas personas se encuentran a gusto en el anonimato inexorable y en la apatía inapelable, ya sea porque cayeron en la trampa de la nostalgia inocua, o porque esa es su estrategia para protegerse de la verdad: “están contentas de estar jodidas”; o del insulto que significa ser un bonsai humano, pues, les han cortado sus raíces (la identidad) y sus ramas (los hijos, que mandan a trabajar en lugar de llevarlos a jugar y estudiar… o, simplemente, se marchan lejos sin decir adiós, dejando un vacío tan inmenso como el dolor mismo; dejando la incertidumbre insobornable de no saber si los volverán a abrazar sin tener unos barrotes como intermediarios).

En el protagonismo social hay que diferenciar -si queremos articularlo a las dimensiones de una realidad signada por lo cotidiano y subjetivo- su apariencia y su esencia, las que “no coinciden -dijo Marx- debido a que el hombre está en constante amasamiento de sí mismo”, pues, de lo contrario, se auto-condena al silencio histórico o a vivir la realidad desde los graderíos, y no en el escenario que avivan los personajes que, por fin, han encontrado autor.

Ese silencio sociocultural es dado por la anunciada crónica de sobrevivencia del desposeído, y es el que le impide desarrollarse con y como identidad propia, y descubrirse en el rostro de “los otros” para saberse “nosotros” y, así, ser producto y productores de la historia. No muchos salvadoreños saben que la realidad social (en tanto “lo dándose” de la vida) es la historia escogida por ellos mismos; no saben que la realidad es el argumento vital del personaje que, sabiéndolo o no, han decidido -o aceptado- representar ad honoren. A esto último, desde la lógica del simbolismo, lo llamo: personajización sociológica.

En El Salvador, es triste ver cómo los protagonistas de los cambios pasados (sindicatos, gremios, sociedades estudiantiles, cooperativas, barrios) se han ido desvaneciendo en el olvido histórico, en la indolencia política, en la perversión ideológica, en la amnesia cultural, en el desprecio de la sangre derramada, en la inexistencia unánime, o sea: se han ido desvaneciendo en la degradación de su esencia, olvidando que -digámoslo de una vez-: existir es realizar la esencia, volviendo a ella.

El mundo cotidiano, lo consuetudinario -ese circo de mil pistas que no cambia de maestro de ceremonias ni de payasos- es un tiempo-espacio indescifrable; es un teatro con butacas numeradas que ya agotó los boletos; es una casa de la risa tapizada de espejos aberrantes que nos impiden hallar la salida, porque carecemos del mapa del protagonismo social.

Y, entonces, lo más fácil es dejarse llevar o dejar de asistir.

Y es que, ser un protagonista de la realidad implica: tomar conciencia de uno mismo, en cuanto creador del propio destino, en cuanto ser que no espera que llueva por conjuros; abrir caminos en el recodo insospechado, para no transitar por el mismo surco centenario; apropiarse del nombre y apellido (que no vienen de la estatua de mármol -llena de caca de palomas y golondrinas- que deforma la historia en el parque público) y repetir de memoria el nombre de las cosas humildes: pan, miel, café, flor, cuaderno, luciérnaga, casa, candil, agua, lápiz, poema… mi madre es una rosa que se marchita en la maquila y mi padre es un clavel que se muere en la frontera.

Hacerlo es: reconocernos en las laberínticas dimensiones del circo mundano que llamamos “realidad social”; asumir la autoría intelectual y material en ella, apropiándonosla de forma total para superar la cultura en ocaso (que nos habla de bandas de paz en medio de una guerra por comida) que hace de la conciencia una mercancía folclórica. Definitivamente: las personas se conocen a sí mismas sólo cuando han decodificado las dimensiones de su realidad.

*renemartezpi@yahoo.com

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