¿Qué es el Socialismo?

21 May

Monumento El Salvador del Mundo (Monument to t...
Image via Wikipedia

Orlando de Sola W.

A raíz de lo dicho  por el Vicepresidente Sánchez Cerén el  Día del Trabajo, el Socialismo ha vuelto  a la palestra. “Yo les quiero decir  a todos los sectores empresariales… No le  debemos tener miedo al Socialismo”, manifestó  el mandatario. Pero, ¿Qué es el Socialismo?

Una de las definiciones  más conocidas es: un sistema de organización  social en que los factores de producción,  tierra, capital y trabajo, están en manos  del Estado. Pero, ¿qué es estado? Y,  ¿cuáles son los factores de producción?

Durante siglos se nos  ha dicho que tierra, capital y trabajo  son los factores de producción, pero  yo prefiero llamarlos personas, recursos y  bienes, para evitar confusiones.

Vistos desde esa perspectiva,  los factores de producción (personas, recursos  y bienes) no deben estar en manos  de nadie, sino de todos, porque el  estado somos todos, no sólo los burócratas  en el gobierno, o los “sectores empresariales”  a que se refirió el Vice Presidente.

El estado somos pueblo,  gobierno y territorio, siendo el estado  superior al gobierno, cuya burocracia no  debe controlar los factores de producción.  Los nombres tradicionales de los factores  de producción, tierra, capital y trabajo,  reflejan una confusión semántica y deben  ser reemplazados por personas, recursos y  bienes, en ese orden, para dar más  importancia a las personas que a los  recursos naturales y a las máquinas,  o bienes de producción.

Una vez superada esa  confusión, heredada por Carlos Marx de  David Ricardo, un economista anterior, es  posible superar otras confusiones, como el  capitalismo, cuyo origen etimológico es cáput,  o cabeza en latín, no un estamento  social, o modo de producción.

Las máquinas, o capital,  como le  llaman los economistas a  los bienes de producción, son los instrumentos  que nos permiten multiplicar nuestra fuerza  física, o intelectual.

Esas máquinas, o bienes  de producción, son parte importante del  proceso productivo, que quedaría limitado  si tuviéramos que depender solamente de  nuestro esfuerzo físico.

No son suficientes nuestros  brazos, piernas, o espaldas, como tampoco  es suficiente nuestra cabeza. Son imprescindibles  las máquinas, o bienes de producción,  para que nuestro sistema productivo, diferente  al que existía en la edad media,  pueda funcionar.

Desde que inventaron la  máquina de vapor, el motor de combustión  interna, la turbina y otros bienes de  producción, el mundo ha cambiado mucho.  Cuando Carlos Marx llegó a Inglaterra,  en la segunda mitad del siglo XIX,  la revolución industrial estaba en su  inicio. Pero ese mundo, tan bien descrito  por Carlos Dickens, el novelista contemporáneo  de Marx, era muy distinto al de ahora.  Ha cambiado tanto que debemos redefinir  el socialismo y el capitalismo de cara  al cibernético presente.

Para El Salvador y  la mayor parte de Repúblicas Hispanoamericanas, lo que conocemos como capitalismo es,  en realidad, una variante del mercantilismo, el sistema que prevaleció en la época  de las monarquías absolutas. El mercantilismo fue trasladado a América Hispana por  la colonización, pero, a pesar de las  repúblicas, sobrevive por razones culturales.

El  socialismo y  el capitalismo deben ser redefinidos en  términos de la relación entre factores  de producción, que dejan de ser tierra,  capital y trabajo, para convertirse en  personas, recursos y bienes, puesto que  estos últimos reflejan mejor la realidad,  no sólo en lo económico, sino en  lo político y social.

Las personas debemos ser  el centro de actividad económica, política  y social, relegando las cosas y los  servicios, o trabajo, a lo secundario.

Las personas cobramos  verdadero valor en sociedad, no en aislamiento.  Pero la sociedad debe estar organizada  con respeto a derechos fundamentales, como  la vida, la libertad y la propiedad,  que son anteriores y superiores a las  leyes.

Ninguno de éstos derechos,  o prohibiciones, es absoluto. Pero debemos  defenderlos como individuos y como sociedad,  para vivir en paz, sin conflictos de  clase, de raza, o de partido.
La política no es  el fútbol. Y las guerras no son producto  de virtudes, sino de vicios, que no  se superan con leyes, muchas veces en  conflicto con la verdad, la justicia y  la libertad.

Los vicios, de acuerdo  a la tradición  greco-romana-judeo-cristiana,  son: pereza, ira, envidia, codicia, avaricia,  gula y lujuria. Siendo las virtudes: fe,  esperanza, caridad; prudencia, justicia, fortaleza  y templanza. La más importante es la  caridad, no en el sentido de limosna,  sino de amor, que es la fuente de  fe y esperanza.

Aunque no toda la  humanidad está organizada bajo esa tradición  greco-romana-judeo-cristiana, las virtudes son importantes  para cualquier grupo humano organizado, desde  la familia hasta el estado.
Si el socialismo puede  evitar ésos vicios, respetando el derecho  a la vida, la libertad y la propiedad,  no veo por qué temerle. Y si el  capitalismo, o neo-mercantilismo, irrespeta esos  derechos fundamentales, hay razón para temerle,  aunque el temor no es un sentimiento  positivo, como tampoco la pereza, el odio  y la envidia.

El temor se vence  con amor. Y el sudor no es lo  que da valor a las cosas, o servicios,  sino el aprecio que les tenemos. La  teoría del valor trabajo, o del valor  sudor, no es tan acertada como la  teoría subjetiva del valor, o teoría  del valor amor, que la irá sustituyendo.

La teoría del valor  sudor confunde a socialistas y capitalistas  por igual. Contradice el valor amor, o  aprecio que tenemos por las cosas y  por el trabajo y el tiempo de las  personas. El problema es que esas teorías  equivocadas, como la del valor trabajo  y su secuela, la de la plusvalía,  la de la explotación y la de la  lucha de clases, no nos permiten reconocer  el trabajo como vencer la pereza y  el amor como saber escuchar.

Temerle al socialismo  es razonable, si éste conlleva sacrificios  humanos, injusticias y falsedades. Pero temerle  al capitalismo, o neo mercantilismo, también  es razonable, si hace lo mismo.
Decidamos,  entonces, cuál es el sendero menos engañoso evitando las trampas semánticas del pasado.

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