La primera piedra

23 Dic

René Martínez Pineda*
(Coordinador General del M-PROUES)

Sé que lo mío es idiotez, porque desde hace ratos –digamos diez años- aro en el mar. ¿Debo quedarme más acá de las palabras? ¿Reestrenar el peto que me hace indiferente al polvo de los huesos sin lápidas? ¿Mitigar la pupila para no castigarla con la luz? ¿no ofrecer la mano a la mano del que está en el hoyo del olvido? Me respalda, eso sí, la sangre que involuciona hasta el cuerpo del hijo desaparecido; la atmósfera inaugurada en junio; el pan consuetudinario en las escuelas; cuatro paredes que hoy tutelan besos y no un tronar de dedos; y esta convicción de que la memoria es la primera piedra en todo cambio real.

Como constante histórica, sé que ninguna nación se puede hacer nueva sin la memoria y el valor. Sin la memoria, se cae fácilmente en la inercia ideológica del viejo régimen; se sigue como feligrés del consumismo, la apatía y la tiranía de clase. Sin el valor, tiritan las manos frente a lo desconocido. La memoria está a la par y está antes de la cultura, porque de ella dependen las hazañas y las conquistas, convirtiéndose en un hecho educativo que amerita ser proyecto de gobierno, para que desde éste se construya un plan de nación.

La memoria nos indica –debería indicarnos- que antes del hecho está la persona, y, siendo así, no se puede poner a los viejos constructores a edificar la nueva nación, porque éstos hicieron de la persona un número y de la agonía multitudinaria un jugoso negocio; porque esa nación demandará otro modelo de pensamiento, nuevos valores sociales, nuevas prioridades. La memoria indica que otra nación necesita estadistas, no presidentes; demanda liderazgo social, no caudillismo ni élites corruptibles.

Los científicos sociales concuerdan en que la cultura y la sociedad se refuerzan mutuamente, pero por razones diferentes. Los funcionalistas (los reaccionarios, en el ámbito político) afirman que la estabilidad requiere gradualidad, consenso a cualquier precio, y el apoyo de quienes, por intereses de clase, tratarán de evitar cualquier cambio social que ponga en peligro sus ganancias. Esta idea se propagó en la sociología hace medio siglo, precisamente para evitar “otra Cuba”, y teóricamente fue tomada de los antropólogos británicos.

Desde esa lógica funcionalista -que borraría de tajo la memoria histórica de los pueblos sometidos- la sociedad capitalista perdurará si reproduce la función necesaria para evitar los cambios: la creencia de que la estática social es más importante que la dinámica social. Esta visión convertida en cultura común, nos permite entender por qué sobreviven prácticas ampliamente rechazadas (en público) por la sociedad, como la prostitución, el trabajo infantil y la corrupción gubernamental.

Los marxistas, sin embargo, creemos que la cultura común (como expresión de la inercia ideológica de lo reaccionario) sirve para mantener los privilegios de la clase dominante. Así, al proyectar sus intereses (“que el presidente se desligue del partido”, porque es de izquierda, claro está; “que haya gradualidad en los cambios para que, al final, no cambie nada”) la clase dominante conserva sus privilegios y latente su ideología, manteniendo a los demás en una posición subordinada.

No hay que olvidar que la ideología dominante tiene una gran relevancia social, que no sólo hace que los grupos e instituciones más poderosas controlen el dinero y la propiedad, sino que, también (e incluso más importante) controla los medios que generan ideología, a través de la religión y los medios de comunicación social, que son los pregoneros de lo reaccionario que, deliberadamente, mutilan la memoria.

Por eso es que nuestro país carece de memoria histórica, y ese es un hecho incuestionable que permite explicar el éxito de los políticos reciclados y la vigencia centenaria de la impunidad: en 1858, se promovió una iniciativa de ley para frenar la corrupción en el gobierno.

Sobre la pérdida de la memoria, basta analizar algunos casos: el jueves 23 de abril de 1970 (en La Prensa Gráfica) se afirmó que “la creación de flotas de microbuses, vendrá a evitar el congestionamiento del tránsito y a resolver problemas del crecimiento de la población.

La propuesta surge porque las empresas de transporte público (primer servicio privatizado) declaran estar al borde de la quiebra, cuando los datos oficiales de la Asamblea Legislativa (que fue posible obtener debido a que las empresas fueron militarizadas para evitar una huelga) correspondientes a 1966-67, demuestran que todas obtuvieron ganancias. Cada empresa obtuvo una utilidad promedio mensual de 26,372 colones”.

Sin embargo, cuarenta años después, esas empresas de transporte público siguen afirmando que están al borde de la quiebra y, como insulto a la inteligencia colectiva, lograron un subsidio gubernamental, cuando lo que se debería hacer es nacionalizar de nuevo el sector, por estar en quiebra permanente.

Otro caso: En un comunicado publicado en El Diario de Hoy bajo el título “Desarrollo, productividad y talento” se afirmó (ante la crisis política que se estaba gestando) que: “a principios del siglo XX no superamos (como burguesía) la lucha de clases con la filantropía. Lo que superó la lucha de clases fue, antes que nada, la tecnología, en particular la energía eléctrica. Todos los éxitos los logramos haciendo productivo al pobre”. Entonces: ¿por qué sigue habiendo más pobres que antes, en términos relativos y absolutos? ¿por qué se privatizó la energía eléctrica?

Otro caso: El 1 de julio de 1972, el presidente Arturo Armando Molina dijo: “le daré mayor participación a los trabajadores en los beneficios empresariales, repartiré las ganancias entre patronos y trabajadores… prometo construir en cinco años las viviendas necesarias para que el pueblo salvadoreño tenga viviendas humanamente habitables”. Pero, cada invierno pone en evidencia la falsedad de sus promesas.

Un caso más: El 14 de julio de 1977, Eduardo Lemus O,Byrne, presidente de la Asociación Nacional de la Empresa Privada –ANEP- (que hoy clama por volver a como estábamos y exige no pagar impuestos) dijo: “queremos adelantar en la tarea de mejorar las condiciones de vida de la población nacional. El azote de la pobreza y el desempleo que siguen siendo el mayor problema, y la situación demográfica obligan a reorientar el pensamiento de la ANEP para promover día a día un mayor sentimiento de solidaridad”.

32 años después demuestran que no han hecho nada al respecto, por lo que creerles, hoy, sería un acto de ingenuidad sideral.

Hay muchos más casos que demuestran que la memoria del salvadoreño no le alcanza para leer el siguiente renglón de su historia… pero, es una idiotez plantearlos.

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