Dios salve a la Patria de la oposición (y de Cristiani)

13 May

Carlos H. Bruch Cornejo


Que Arena vuelva a sus raíces anuncia un retroceso para la vida democrática del país.

 Quiere decir que la derecha seguirá chiflando en la loma y el país sufriendo las consecuencias de sus ex gobernantes ahora convertidos en lobas heridas.

Cristiani dirigiendo nuevamente el partido que trajo más sinsabores que progreso a los salvadoreños tiene un sino: más de lo mismo. De eso mismo que no sirve, ni ayuda, ni sustenta el cambio necesario para salir a flote luego de veinte años de gobiernos de ellos para ellos.

Y eso da una brújula al Frente para ponerse las pilas y detener un descabellamiento de los seguidores del mayor escuadronero en su afán de reconquistar su alcancía-Estado.

Cristiani y los jesuitas. Cristiani y Fomiexport. Cristiani y los bancos. Cristiani y el donativo fantasma de abono japonés para el Mitch. Cristiani, Cristiani, Cristiani…

No sé por qué, pero no siento que haya un buen sabor en la boca de los salvadoreños cuando se pronuncia su nombre.

Hombre tranquilo en apariencia, pero arrebatado cuando se le contradice. O cuando se le demuestra que su aureola de «presidente de la paz» se fue apagando a medida que el periodismo local se fue alejando del oficialismo crónico, allá en los noventa. (Para después caer desgraciadamente en uno mercantilista, que es donde está entrampado ahorita).

Cuando a mediados de aquellos años de transición post conflicto conocí a Héctor Silva Ávalos, de los periodistas jóvenes de La Prensa Gráfica, no hacía más que quejarse del guillotinazo que le acababa de dar su periódico al prohibirle publicar una información a la que le había dedicado mucho esfuerzo. Hablaba y hablaba de Fomiexport, de la supuesta implicación de Cristiani en ese fraude, de los Dutriz indecisos ante esa bomba periodística. Y de la falta de huevos que finalmente primó en esa familia de poderío mediático al no dejarlo sacar nada de lo investigado. Casi lloraba el hijo del futuro primer alcalde de la izquierda mientras relataba de ese quizás su primer encontronazo con un periodismo sometido.

Con el tiempo me quedaría claro que Silva es de los que optaron por seguir el camino de la comodidad y lujos de intelectual antes que dejar la sangre por informar con aquello que su propio
diario-mecenas enarbola en el trillado eslogan publicitario: la verdad.

(También recuerdo que a Héctor le caía mal Mauricio Funes y lo catalogaba de engreído. Debe haber sido porque le frustraba que el ahora Presidente electo sí se atrevía a decir lo que andaba mal en nuestra sociedad aunque eso enfureciera al poder arenero e intentaran censurarlo, como los jefes de Silva lo hacían y de seguro siguen haciéndolo hoy en día con él y sus compañeros).

Hubo otra anécdota periodística que evidenció la transformación de Cristiani en Hulk y de la que mi buen amigo y también periodista (no sometido, optó por irse unos años más tarde) Juan Bosco Martín y su grabadora, mi cámara fotográfica y yo fuimos testigos.

 Sucedió una calurosa mañana del domingo en el que el gran Coena –con Cristiani a la cabeza- debía proclamar medio a la fuerza a Paco Flores como su candidato a presidente de la República. En un acto que se realizaría dos horas más tarde de la entrevista que nos había concedido Cristiani en el vetusto Gimnasio Nacional, con la misma pompa de siempre y bajo el compás de la pegajosa marcha de muerte del partido ahora en el fracaso.

Cristiani se había opuesto férreamente a que el filósofo y siempre sonriente ex presidente de la Asamblea Legislativa fuese quien su partido presentara como postulante. Pero no había logrado imponerse.

 Lo sabíamos nosotros, lo sabían los directores de periódicos y medios informativos y se sabía en los corrillos de politiqueros. Pero –para no variar- lo desconocía la mayoría de los salvadoreños.

Esa mañana había que escucharlo de boca del propio Cristiani. Era nuestro reto a conseguir.

Para lo cual estábamos ahí cual  Boy Scouts antes de una aventurera expedición armados, Bosco de una desvencijada grabadora Sony (de casete, que solía trabarse) y yo de mi Nikon, aun de rollo.

 Bosco fue llevando la entrevista a algo más allá de lo que la costumbre de agachar cabezas dictaba en la mayoría de periodistas de ese entonces. Le fue haciendo aceptar mediante preguntas sin ablandador al ofuscado y sudoroso Alfredo Félix -después nos enteraríamos que la noche anterior había pasado su límite de copas, dicho en buen salvadoreño andaba de goma- que aquello de Paquito fue una jugada maestra de un principiante que logró burlar a pura intuición y algo de suerte toda barrera de los dabuissonianos de corazón. 

Flores no lo era y así nos lo había relatado unas semanas antes en un reportaje para la revista Vértice. Reportaje que todo su partido había leído de cabo a rabo (varias páginas con confesiones poco usuales en el hermético mundo arenero que el morenito de baja estatura nos había hecho a escondidas en su finca en Zapotitán una tarde de lluvia). Cristiani también la había leído, pero su orgullo no lo dejaba aceptarlo esa mañana en el Gimnasio.

 El enfado e impotencia del partido de la unidad granítica debido a la travesura del seguidor de Sai Baba se sentía en el ambiente. Cristiani estaba sentado frente a una mesita de esas plegables de hierro de las que se usan en las piñatas infantiles. Unos metros detrás de él se imponía un poster gigante de Paquito extendiendo, como es costumbre entre areneros, su brazo derecho. Pero algo llamaba notoriamente la atención y era que esta vez su puño no lucía como el del Mayor. Flores había posado cambiando el combativo puño por su dedo índice apuntando al infinito.

 En momentos en que me esforzaba por hacer coincidir en el encuadre de mi Nikon ese dedito erecto del niño terrible de los areneros sobre la cabeza calva del cafetalero-banquero, éste saltó rabioso de su silla de piñatas y empujó con fuerza la mesa hacia un Juan Bosco asustado, pero no desprevenido.

 El cuestionario no había gustado al hombre ya no tan fuerte de los areneros y en medio de su berrinche advertía al periodista que se iba a arrepentir si publicaba lo que le acababa de confesar.
 Misión cumplida. 

Al día siguiente el texto del periódico fue claro y contundente: “… el supuesto presidente de la paz perdió los nervios en una entrevista…”. Y además Cristiani había admitido que su candidato era otro que al que con pompa y bajo el tono del himno que evoca la tumba de los rojos se había proclamado el día anterior.

 Las fotos reforzaban la pérdida de estribos del ahora nuevamente presidente del Coena.
 Dios no quiera que el monstruo del café y la banca esté despertando nuevamente.

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