Edith Dinora Córdova Baires
Estudiante de Trabajo Social –UES-
Cuando suspiro su nombre siempre preguntan: ¡¿Israel?! Porque su nombre confunde a cualquiera. Jerusalén es un pequeño poblado de la zona noreste del Departamento de La Paz, y que por su cercanía con la cabecera departamental de San Vicente (separado por escasos metros de la frontera) lo hacen a uno sentirse más vicentino que viroleño. Jerusalén: un pueblo pobre cuya principal actividad económica es el trabajo agrícola, siendo la caña de azúcar el producto que más ganancia reporta.
Jerusalén, hasta antes de los terremotos de 2001, era un pueblo que escondía -tras los portales que abrazan al parque central- un siglo de historia. Su transformación ha llevado a la pausada pérdida de trazos memoriales que revelan el colorido de historias de la gente que nació, creció y murió allí; historias que cuentan que en 1940, el poblado pertenecía a la única familia pudiente que haya habido hasta la fecha en ese lugar: Los Quintanilla, quienes explotaban a las personas convirtiéndolas en sus colonos, y de quienes años después oí decir que La Joya (enorme extensión de terreno que hoy es de la familia Cañas) era de ellos; que donde está construida la única escuela antes eran cafetales, y que don Manuel Antonio Quintanilla se compadeció de ver a los niños recibiendo clases en los portales de la Oficina de Correos y bajo la sombra del gran árbol de Zorra, por lo que donó el terreno para que ésta fuese construida… y por esa razón lleva su nombre.
Mil historias de los Quintanilla que cuentan que eran dueños de casi toda La Loma Larga que hunde a Jerusalén en un hoyo entre ella y el volcán Chinchontepec; que a la entrada del pueblo, el enorme terreno -que posee una fila monótona de árboles de coco que dan la bienvenida a los visitantes- antes eran grandes extensiones de tabaco que también les pertenecían.
Y cómo olvidar la célebre historia de que ellos fueron los primeros en llevar un vehículo al pueblo y, por supuesto, eran los únicos que podían tener un Jeep todo terreno y que, dicen por allí, gustaba ser manejado por una de las hijas de los esposos Quintanilla; o de cuando fueron la sensación y admiración de todos al llevar por primera vez un televisor blanco y negro, y todo el mundo llegaba a rondar la lujosa casa que dormía en un costado del parque central; una casa con un hermoso portal, detalles coloniales y un enorme jardín central, del cual tengo recuerdos frescos de su piso amarillo con franjas rojas, de sus pilares de madera que, como gigantes, sostenían el techo de teja, y que en su interior resaltaba un precioso cielo falso de madera natural, con un detalle a duela exquisito, y que –según cuentan algunos como novedad de entonces- tenía sanitarios de mármol… y dicen que después de que la familia emigrara a la ciudad, dejando a su hijo mayor a cargo de la “hacienda”, este arrasó con todo. Pero, al que yo recuerdo es al “Chele” Quintanilla (un hombre culto que ostentaba un titulo universitario que lo acreditaba como ingeniero, obtenido en Venezuela) que el alcoholismo convirtió en “bolito” irremediable, y eso lo llevó a vender de la hermosa casa, una por una, las piezas del piso amarillo con franjas rojas, hasta que solo, y sin el apoyo de los poderosos Quintanilla, murió en silencio.
Un ramillete de historias de gentes y detalles que guarda la memoria de los más ancianos, y que ya no trasmiten a las nuevas generaciones como anécdotas del poderío e idiosincrasia del pueblo. Todos tenemos recuerdos entrañables del lugar donde nacimos; de la gente que nos vio ser niños y nos enseñó a crecer. Mi mente aletea al pasado y bebe recuerdos, nostalgias y alegrías al recordar mi infancia, y todo lo que tuve que pasar para llegar a ser la mujer que soy ahora, y de lo mucho que extraño esa vida libre de agonías, sin ser esclava del reloj. Libre de todo, cuando ser niña implicaba jugar, dormir y comer, sin importar los sacrificios que tuvieran que pasar mis padres para llevar la comida a la mesa, y entonces extraño mis tardes de juego en el lugar más natural que he conocido, mi gran patio trasero, un hermoso cafetal que nos servía de parque de diversiones a mis hermanos, primos y a mí; donde montábamos interminables horas de risas en el bosque de frutas y café, al compás del crujido de la hojarasca acumulada… como el tiempo mismo; donde las veredas eran tan familiares que las recorríamos con los ojos vendados.
Aquel cafetal era testigo de lo mágicamente posible en la mente de un grupo de niños que construyeron casas de cartón y plástico para jugar; donde vimos al sol morir entre los árboles y, sin duda alguna, deseo con todo mi corazón que mi hija disfrute de esas carreras en el cafetal, que pueda vivir la experiencia de sentirse exploradora y libre, que tome aprecio de lo bello que es ver al sol jugar escondelero entre el follaje anaranjado de los árboles.
De Jerusalén, son muchas las historias. Hablaré del único momento en mi vida que me llevó a ver de cerca la guerra civil que vivió el país, y del único episodio bélico de gran magnitud, y del que fue testigo mudo mi pueblo.
En marzo de 1989, con apenas 5 años de edad, recuerdo vagamente lo que hice a tempranas horas de la noche; en el corredor del frente de la pequeña casa donde vivía, se encontraba una prensa de maderas que serían utilizadas para cambiar las viejas vigas picadas por la polilla, y que sostenían el tejado de la casa, y mientras coloreaba tranquilamente sobre ellas… llegó la hora de dormir. No recuerdo con exactitud la hora, pero sí recuerdo que la insistencia del pomponear de la puerta me despertó. Sólo recuerdo haber escuchado a mi padre decir: “yo no soy al que ustedes buscan”. Las voces que venían de afuera, casi a manera de ruego, decían: “salga Profe, salga”, y entonces mi recuerdo huye del dolor.








Woooooooooooow que bonita historia, en que momento te volviste escritora????